Terminar con la nostalgia de los antiguos reinos

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Al igual que se concentran ayuntamientos y servicios administrativos (Francia, Italia, recientemente) tendría que rediseñarse la división territorial- administrativa de España con una combinación de criterios basada en la economía, la población, condiciones del territorio y vínculos históricos.

Al consagrar la CE 78 el patrón territorial medieval, se pospone -una vez más- la modernización del Estado, restableciendo el escenario de los antiguos reinos medievales y todo su “atrezzo”.
A partir de ahí, las consecuencias conocidas: instauración de las fuertes burocracias territoriales -dotadas de poder político-; gasto excesivo y no controlable (que deriva en corrupción); fuerte fiscalidad para mantener estas burocracias; creciente control sobre los ciudadanos, la sociedad y la economía.
Como corolario, esclerotización de los territorios más frágiles: abandono de políticas económicas interterritoriales; negación de políticas fiscales diferenciadas en base al territorio (sólo las establecidas en la C.E. 78).
Los ajustes necesarios que se apliquen vendrán vía transferencias del Estado, con lo que se instaura un modelo que subsiste en tanto que estemos dentro de la Unión Europea.


La evocación de los antiguos reinos medievales es la referencia utilizada para la división político- administrativa actual, prescindiendo de otros criterios como la población, la suficiencia económica o las condiciones del territorio.

A partir de ahí, quedan delimitadas las Comunidades; dotadas de poder político (ejecutivo y legislativo) y de las que se derivan sus costosas administraciones territoriales.

Empezará una carrera en la que para obtener competencias del Estado los sucesivos gobiernos negociarán, a cambio, apoyos circunstanciales. Déjà vu!

Sobre el papel, se trata de un reparto homogéneo, en el que sólo quedan por definir algunas competencias.
En la realidad, se trata de un error. Muchos de esos territorios que participaron en la carrera competencial carecen de suficiencia económica y el gasto público se dispara. Se trata de entidades político administrativas no viables desde el punto de vista económico, de población o de territorio, a las que se les ha insuflado un “élan” político de alto coste. 

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El modo de producción -cultura, territorio, población y sistema productivo-, que dio sentido a la división territorial medieval, se extinguió sin alumbrar alternativas. La CE78 lo recupera en su carga simbólica.

La nostalgia por reinos medievales conlleva altos costes de la estructura político- administrativa, con territorios económicamente insuficientes; y da argumentos al relato  nacionalista en las regiones prósperas.
A la persistencia en la ensoñación de los históricos reinos se contraponen los nacionalismos románticos, surgidos a finales del XIX, con la consolidación de la burguesía catalana y vasca.

Asumir la anticualla del clivaje territorial conlleva serios desajustes en el funcionamiento del Estado. Difíciles de abordar pues se generan desde su propio núcleo interno.

Esta arquitectura constitucional, alejada de la realidad, tan costosa política y económicamente, se resiste a los cambios. No sólo por parte de los nacionalismos secesionistas, también por las restantes burocracias territoriales, que ven afectados sus privilegios. Resultaría perjudicada la “España vacía” que habita los reinos nostálgicos.

Y alrededor de este fantasma melancólico -precapitalista-  se construye tanto la C.E. 78 como sus “alternativas” plurinacionales, federales o confederales.

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