3 Terminar con la nostalgia de los antiguos reinos para terminar con lo del delirio soberanista.

 

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Al consagrar la CE 78 el patrón territorial, se postpone -una vez más- la posibilidad de acceder a la modernización política y social.
Desde este punto de vista, el dilema no es monarquía o república. La clave estará en el mantenimiento, como único criterio, de la división territorial que viene de los antiguos reinos medievales.
A partir de ahí, sus consecuencias: instauración de las fuertes burocracias territoriales, con poder político; gasto excesivo y no controlable (que deriva en corrupción); fuerte fiscalidad para mantener estas burocracias; control sobre los individuos, la sociedad y la economía.
Como corolario de lo anterior, esclerotización de los territorios más frágiles: inexistencia de políticas económicas interterritoriales; negación de políticas fiscales diferenciadas en base al territorio.
En la práctica las correcciones vendrán vía transferencias del Estado, con lo que se consigue la cuadratura del círculo.


La evocación de los antiguos reinos medievales es la referencia utilizada para la división político- administrativa del Estado español, prescindiendo de otros elementos como la población, la suficiencia económica o las condiciones del territorio.

A partir de ahí, quedan delimitadas territorialmente las Comunidades, dotadas de poder político (ejecutivo y legislativo) y de las que se derivan sus costosas administraciones territoriales.

Empezará una carrera en la que para obtener competencias del Estado los sucesivos gobiernos negociarán, a cambio, apoyos circunstanciales. Déjà vu!

Sobre el papel, se trata de un reparto homogéneo, en el que sólo quedan por definir algunas competencias.
En la realidad, se trata de un error. Muchos de esos territorios que participaron en la carrera competencial carecen de suficiencia económica y el gasto público se dispara. Se trata de entidades político administrativas no viables desde el punto de vista económico, de población o de territorio, a las que se les ha insuflado un “élan” político de alto coste. 

El modo de producción -cultura, territorio, población y sistema productivo-, que dio sentido a aquella división territorial, desapareció hace tiempo (y sin posibilidades de reemplazo).

Al igual que se concentran ayuntamientos y servicios administrativos (Francia, recientemente) debería rediseñarse la administración autonómica con una combinación de criterios basados en la economía, la población, condiciones del territorio y vínculos históricos.

La nostalgia por reinos medievales conlleva altos costes de la estructura político- administrativa, con territorios económicamente insuficientes, y tiene como correlato el delirio independentista en las regiones prósperas.
A la persistencia en la ensoñación de los históricos reinos se contraponen los nacionalismos románticos, surgidos a finales del XIX, con la consolidación de la burguesía catalana y vasca.

Asumir la anticualla del clivaje territorial conlleva serios desajustes en el funcionamiento del Estado. Difíciles de abordar pues se generan desde su propio núcleo interno.

Y esta arquitectura constitucional, alejada de la realidad, tan costosa política y económicamente, se resiste a los cambios. No sólo por los nacionalismos secesionistas, también por el resto de burocracias territoriales, que ven afectados sus privilegios.

Resultaría perjudicada la “España vacía” que habita los reinos nostálgicos.

Y alrededor de este fantasma melancólico se construye tanto la C.E. 78 como sus alternativas plurinacionales, federales o confederales.

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