Terminar con las nostalgias territoriales

  • terminar con las nostalgias
  • tiempo de lectura: 3′

Al igual que se concentran ayuntamientos y servicios administrativos (Francia, Italia, recientemente), tendría que rediseñarse la división territorial- administrativa de España con una combinación de criterios basada en la economía, la población, condiciones del territorio y vínculos históricos.

La CE78 abordará, a su manera, el problema que con el paso del tiempo se ha convertido en el de más calado: los fuertes desequilibrios territoriales, de la mano con las reivindicaciones nacionalistas.

Para ello parcela el territorio, sin un criterio explícito, en 17 unidades político administrativas (¿por qué no 7; o 23?).

No se tuvo en cuenta el ecosistema social existente: organización social, tecnología, población y el medio ambiente.
En consecuencia, se ignoran los desequilibrios territoriales (geográfico, de población o económico). También de densidad del tejido social o cultural. Y otras cuestiones, como la despoblación del territorio; el abandono de los cultivos o la desertificación.

Y como ya vimos, en el interior de esas Comunidades se repiten los desequilibrios: zonas desertificadas o despobladas y núcleos en los que se concentra la población.

A partir de la simple agrupación física de provincias contiguas, se reconocerán las Autonomías que se dotarán de igual capacidad política y administrativa; entre si y ante el Poder General del Estado.

El mapa autonómico no pretenderá armonizar las diferencias. Tampoco resucitar antiguos reinos.

El resultado es variopinto. Comunidades extensas, despobladas e insuficientes económicamente. Comunidades dinámicas, densas, y que absorben los excedentes de mano de obra de las restantes. Comunidades uniprovinciales, ciudades autónomas… Todas por igual.

En la práctica, se trata del reconocimiento de la personalidad política de las regiones más dinámicas, desarrolladas y reivindicativas; estableciendo a la vez un contrapeso de poder (las restantes Autonomías), que lo amortigüe.


EL FUNCIONAMIENTO

El territorio español queda dividido en 17 Entes político- administrativos. De igual capacidad política y con una representación ponderada en función de su población.

Prescindiendo de las variables significativas: población, desarrollo económico, densidad del tejido social, expectativas de futuro, o, simplemente, ambición política.

Detrás, hay una razonable voluntad de prolongar la estabilidad alcanzada.

La Arquitectura que se deriva de esta distribución es muy robusta, en teoría. Ninguna Autonomía podrá maniobrar en su propio provecho, sin contar con las 17 restantes. Lo cual no es fácil.

El resultado es un complejo y costoso sistema de parlamentos y administraciones regionales en régimen de igualdad jurídica, entre sí y con el de la Nación.

Quedando para los sucesivos gobiernos centrales, la función de equilibrar el mapa autonómico, distribuyendo «vaselina» entre unos y otros para que el modelo funcione «razonablemente».

Se armonizarán las diferencias entre Comunidades, mediante el reconocimiento de amplias plantillas funcionariales a las Comunidades atrasadas; concesiones jurídicas, transferencia de competencias estatales o compensaciones dinerarias, a los territorios más prósperos y reivindicativos.

Los Gobiernos Centrales si lo hacen bien recibirán su «comisión«, en forma de apoyos parlamentarios para ayudar en la gobernabilidad.

El tiempo vino a demostrar que este enfoque dará lugar a desviaciones no previstas, que al no corregirse ahondaron una brecha, cada vez mayor.


Quedan establecidas las 17 Comunidades; dotadas de poder político (ejecutivo y legislativo), de las que se derivan sus costosas administraciones territoriales.

17 fuertes burocracias -dotadas de poder; gasto excesivo y no controlable (que deriva en corrupción); presión fiscal para mantener esas oligarquías; con creciente control sobre los ciudadanos, la sociedad o la economía.

Como corolario, esclerotización de los territorios más frágiles: abandono de políticas transversales; negación de políticas fiscales diferenciadas en base al territorio (sólo las establecidas en la constitución).

Muchas de ellas son entidades no viables económicamente, a las que se les ha insuflado un «élan» político de alto coste. 

Estos desajustes son difíciles de abordar pues se generan desde el núcleo interno del Estado.

Empezará una carrera en la que para obtener competencias del Estado los sucesivos gobiernos negociarán, a cambio, apoyos circunstanciales.

A partir de ahí; la exacerbación de «lo propio» -con su corolario de lenguas y culturas a incentivar y subvencionar- como consecuencia del poder que ejercen (el tradicional caciquismo), y que controlan la vida social y económica; con generosos presupuestos a su disposición.

La competición para dotarse de una identidad propia, con sus elementos diferenciados: habla, historia y literatura, medios de comunicación, T.V. propias… conlleva altos costes y la vuelta a los antiguos caciquismos. Sin contar el ridículo que suponen.

——————————————————————

Esta arquitectura constitucional, forzando la realidad, tan costosa, se resiste a los cambios que limiten su poder. No sólo por parte de los potentes nacionalismos secesionistas; también por las Autonomías económicamente insuficientes.

Y da argumentos al relato  nacionalista en las regiones más ricas. Los nacionalismos románticos, surgidos a finales del XIX, con la consolidación de la burguesía catalana y vasca, en territorios prósperos.

Y alrededor de este bucle melancólico (precapitalista)  se construye tanto la C.E. 78 como sus «alternativas» plurinacionales, federales o confederales.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.