LOS MORISCOS Y SUS CIRCUNSTANCIAS

La expulsión de los moriscos en 1609 fue un desastre de consecuencias no previstas. Y para cuando se dieron cuenta, ya era tarde.
Si la agricultura de secano estaba en retroceso, la expulsión vino a rematarla.


Sin contradecir la decisión política (se hacían fuertes en terrenos inexpugnables y no acataban la autoridad real, ni el idioma, etc…), las consecuencias no solo afectaron a las zonas interiores de Aragón, Valencia o Andalucía. También a los regadíos próximos a aglomeraciones de Valencia, Murcia o la Alpujarra. Para la ciudad de Valencia, fue la ruina.


Los moriscos estaban bien integrados en Castilla, en las poblaciones de fuero real (realengos dependientes de la corona, no de un señor).

En Aragón, Andalucía, Murcia y Valencia, vinculados a los antiguos señores feudales, poblaban y cultivaban las tierras de secano de más difícil acceso e interiores. Eran irreemplazables en las zonas de huerta.

Trabajaban en oficios artesanos y en todo tipo de menesteres (albañiles, carpinteros, barberos, porteadores…).

Se trataba de una minoría versátil, acostumbrada a todo tipo de trabajos. Su adaptación al terreno iba acompañada de su despliegue en alquerías, con sus poblamientos familiares.

Y esta laboriosidad y adaptabilidad se manifestó en la compra de terrenos en tierras libres, para su explotación directa.

En las zonas pobladas estaban más integrados (habla, costumbres, forma de vestir…) pero no era así en las alejadas aldeas del interior.

Sobre el colectivo, existían prohibiciones (como la difícil de verificar de acercarse al mar), y con el tiempo constituyeron algunas comunidades prósperas, con señaladas fortunas personales.

En ocasiones se alineaban con unos señores en sus enfrentamientos con otros.

Y algunos se bautizaron como «cristianos nuevos«, dando lugar a especulaciones populares sobre la práctica de ritos ocultos.

Como vemos, constituían un colectivo peculiar, con su tejido social característico, repartidos por toda la geografía, y que además de sus episodios de conflictividad, aportaban su alta productividad y un contraste muy vivo respecto a la cultura mayoritaria.


El conflicto. A raíz de las exigencias tributarias por parte de los señores de conquista, y el rechazo y las protestas de las poblaciones moriscas, se llegó a situaciones límite. Se producían revueltas campesinas, con interrupción de los caminos, bandolerismo e inseguridad.

Y se temía que la fuerte inestabilidad fuera aprovechada por el rey francés o por los berberiscos para invadir España.

Al mismo tiempo, suponía un descrédito para la Monarquía que abanderaba la defensa del catolicismo en Occidente.

Todo ello dio lugar a que el Duque de Lerma (con interés personal) aconsejase al Rey Felipe III su expulsión. Obviando las consecuencias negativas de la ordenada años antes (1570) por Felipe II en Granada.


La expulsión, en cifras:
Valencia 117.464 (33% de la población total)
Aragón 60.818
Cataluña 3.716
Castilla y Extremadura 44.625
Murcia 13.552
Andalucía occidental 29.939
Granada 2.026
EXPULSADOS 270.140 – 300.000, de una población total morisca de 320.000

Supuso el descalabro económico y una importante pérdida de población para los reinos de Valencia (33%), Aragón (20%) y Murcia, así como para otros numerosos señoríos.

La nobleza valenciana cuando se percató de la magnitud de la catástrofe, intentó inutilmente dar marcha atras.

Se abandonarán los cultivos, en terrenos complicados a donde ningún cristiano quisiera ir, lo que contribuyó a su erosión y desertificación progresivas.
Y a los cultivos les siguieron fincas, dominios monásticos, palacios y comarcas enteras.