EL SOL INMOVIL (13.05.21)

El sol -inmóvil en lo alto- pegaba fuerte obligándome a entornar los ojitos. Amodorrada boca arriba sobre aquella tabla estaba de puta madre. Me había ido quedando adormilada, toda espatarrada sobre lo que ya dije, un trozo de madera que me servía de hamaca.

Era una dulce sensación que me llegaba hasta la pelada barriga mientras el sudor –¡caramba el calor del desierto!- recalentaba y reblandecía las ronchas de mi espinazo. En aquella carretera solitaria no pasaban coches, el día era genial, y yo me creía afortunada. Muy afortunada.

Con todo, algo no cuadraba. Uno: se acercaba un coche rojo a toda velocidad dando tumbos.

Lo otro me parecía más extraño. Un enorme lagarto moteado me miraba con enormes ojos glaucos mientras el hijoputa me clavaba sus dientes y metía algo caliente en mi cuerpo inmóvil. Y si bien no era la apropiada esa actitud tan violenta, una fuerte sensación de bienestar -¿estaría siendo drogada?- me invadía.


El Audi TT RS Roadster descapotable rojo avanzaba descontrolado por la 92. La crudeza de la luz del sol relumbraba en sus llantas de aleación ligera Sport de 19″ en diseño «polygon» de 5 brazos de titanio. Pero su alerón trasero RS con winglets no parecía aportarle mayor estabilidad. Iba dando tumbos.

— las manos quietas Armando te dije que nada de nada hasta que digás lo del divorcio a la flaca.

— pibe ¿qué hace esa madera ahí?

— andáte con cuidado, boludo…

—  !che¡ !cuidado con las manos!… y !con la madera! -añadió tarde.

Pero a pesar del volantazo de Armando, el Audi pilló una esquina de la tabla, que saltó por los aires.

CHAFF!!, con estruendo una masa viscosa se esparció por el parabrís. La sangre y los mocos impedían ver nada.

— por Dios! Armando qué hacés loco; !cómo manejás! !menudo quilombo! -y se puso a vomitar sobre el salpicadero.

Restos de lagarto reventado, mezclados con los vómitos, desparramados por su coche nuevo. Flotaba un ácido olor a mierda. Armando, confuso, frenó.

Incapaz de asimilar que no controlaba sus esfínteres, se agarró al volante, con la mirada vacía puesta en el parabrís. Se acordaba de su infancia.

— Armando estás loco, Me las pico. Llamo para que me vengan a buscar; huevón!


La rata cayó entre los matorrales. Una vez recuperada del golpe se olisqueó. Faltaba un trozo de cola y tenía dos pequeños desgarros sanguinolientos por el muslo. Sonrió -todavía le duraba aquella sensación de placer- y se perdió cojeando entre la maleza.

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