RECETA DE BOQUERONES (EN RE- CONSTRUCCION)

  • 3 de diciembre de 2017
  • duración : 7’
  • dificultad: baja
  • interés: escaso

Me embarqué en un psicoanálisis sin tener ni idea.

PARTIDA DE POKER Cincinnati Kid, 1965

Ya había jugado al póker, y perdí, frente a Edward G. Robinson (Lancey Horward, El rey del juego, 1965) así que pasado un tiempo le propuse una partida final. El muy cretino, quitándose de encima aburridísimas sesiones me derivó a un obcecado profesional del ramo (en adelante, mr. Bean).

Como un personaje de película años 60. Pulcro, inexpresivo, fuma en pipa y lleva pañuelo al cuello. Una roca.
En la primera entrevista tuvo el acierto de concretar si quería pagar i.v.a. Le dije que preferiría no hacerlo y estuvimos de acuerdo. A partir de ahí ninguna otra cuestión tendría la menor acogida.
– lo concreto está fuera de esta relación- me dijo.

En aquel espacio cerrado, representaremos un vodevil con un diálogo previsible; función de fin de curso (o fuego de campamento) ante la complacida dirección del colegio, en donde todo es como si. Incluido un aparatoso hombre orquesta que se aplicará a fondo. Todas las escuelas, todos los sintagmas, con saltos de continuidad y dosis de asombro.


La pipa vuela

Mi actividad principal consistirá en controlar su ritmo respiratorio, los carraspeos, las chamadas a la pipa o el vaciado en el cenicero con las palanquitas esas. También, en prestar atención a sus latidos y reacomodos en el sillón.

Esto parecería imposible, porque estando tumbado delante no se ve lo que ocurre detrás. Pero con el tiempo se adquiere destreza y probablemente me ayudó mucho para la concentración mantener un silencio prolongado.

Pero aquel día era distinto. Algo no cuadraba; algún suspiro más profundo impedía esa concentración. La respiración era diferente.

Por lo que le pregunté a la lámpara que colgaba del techo; tumbado desde mi posición, sin verle:

le pasa algo?

La pipa salió por los aires perdiéndose debajo del sillón. Apareció en mi campo visual y la recogió:

– perdone, hoy no vamos a seguir el ritmo habitual. Un familiar ha tenido un accidente y estoy esperando unas llamadas.

Fue una sesión corta, con puertas que se abrían y cerraban, llamadas telefónicas y una despedida rápida.


Atrapado en el tiempo

Por lo que iría comprendiendo, se trataba de reconstruir en el interior de aquel cuarto una representación de un mundo en «B»; una especie de alternativa paralela en la que serían protagonistas mis fantasmas personales, los sentimientos latentes, los miedos ocultos; en pocas palabras, el lado oscuro que, en mayor o menor proporción, se supone que tenemos la mayoría de mortales occidentales.

Para ello procedería a prescindir de todo lo superfluo que se suponía que se acumulaba a mi alrededor, de todo aquello que constituye la existencia de un individuo, incluso con imprecisas líneas de definición. El trabajo, la familia o incluso uno mismo, por decir alguna cosa.

La cuestión es, que conforme se prolongase este largo proceso yo habría ido cambiando, pero el mundo lo haría mucho más. Con el tiempo la situación se parecería a la de esos exiliados que vuelven a casa al cabo de los años y ya nada es igual, sus batallitas ya no interesan a nadie. No son reconocidos.

A partir de ahí se iniciaría un recurrente movimiento de flotación, levitación y retorno. Un interminable y aburrido proceso de calibrado y laminación en frío.
Y no solo la pipa, la voz y la mirada, se autonomizarían, se independizarían, se nacionalizarían.

Aislados del exterior y del tiempo (que fuera pasa rápido), florecerán extraños pecios flotantes. Trozos de objeto, alguno identificado, otros que no. Cada uno por un lado; estorbándonos todos.
Marciana tierra de nadie desdibujada, que el aburrimiento no permitirá abandonar.

PECIO

Y allí, el tiempo para; estático. Inmenso poder el suyo.

Atrapado en el tiempo, Harold Ramis. 1993

¿A qué esperaba? 
Su mirada de orfebre aguardaba, velada.

Yo -que a pesar de mis redoblados esfuerzos no conseguiría sacarle de su tedio- sabría (por su mirada) lo que él estaría esperando.
Para parodiar un final necesitaba escenificar la aparición de la envidia o la rabia.
Y es que, al estar aislados en aquel cuarto, la chance no era fácil de improvisar.


La receta de boquerones más cara

Un día se pondría a explicar (con seguridad, a mí) su preparación de los boquerones en vinagre (¡que le salen buenísimos!).

receta de boquerones… buenísimos


aquí no estoy para recetas de cocina– le diré poniendo ojos como platos.
Pensé que la parodia había terminado; así que, me levanté, se levantó y me despedí.

Tomando la iniciativa, acompañome solemne a la puerta; abriola y diome paso. Su mirada ya no se escondía, su mirada era de resolución. Como la del escultor al terminar una lápida.
En adelante, el sentimiento de culpa le acompañará– me indicará animoso al cruzar el umbral.

Noté un zumbido, a continuación un fuerte golpe en la sien y caí en la obscuridad.









Cuando desperté, seguía allí. En aquel cuarto oscuro y atado con unas cuerdas al diván.
A mis espaldas las cortinas dejaban pasar algo de luz del día. Todo era silencio.


Mi incomodidad iba aumentando. Cinta adhesiva sellada mi boca y un gran cansancio reemplazaba el dolor del golpe.





Intentando recomponer la situación con esfuerzo incorporé la cabeza. Trozos de puto sintagma, trozos rotos, se desparramaban por el suelo.
Distinguí la puerta cerrada, cubierta por la cortina. Se dejaban ver los objetos (tan familiares): los estantes con libros; y los cuadros; y la mesa repleta de trastos.
Percibía más. Una leve respiración detrás de mí. Tranquila, relajada. Un cómodo acomodo en el sillón.

El silencio era total… me sentía observado.
Me aturdí y… perdí el conocimiento…






Al despertar algo había cambiado. Continuaba atado pera ahora me cubría, confortablemente, una manta.
Ya era de noche y la luz de la calle pasaba a pesar de las cortinas… un aromático humo de pipa saturaba el ambiente.

Detrás, presentía los relajados gestos acostumbrados; las chamadas, las recargas de la pipa, la respiración pausada.

Por fin, habló. Sosegadamente.


-Siento las molestias. Afortunadamente sólo ha sido un roce sin consecuencias. Me dejé llevar. Lo siento otra vez.

Me asombró su cambio de actitud, abandonando la pasividad. Mientras, bajo la manta, comprobaba mis ataduras.

Hablaba con precisión, con tono académico. Mantenía la atonía.

-En los proceso terapéuticos, sobre todo si son prolongados, es normal que aparezca alguna disfunción, algún desajuste… se trata de intervenciones de gran complejidad y a veces difíciles pa ppara lo loos pa pa…!

Carraspeó y se sonó.


-Perdone. Es solo una pequeña molestia faríngea.

Luego de limpiar cuidadosamente la pipa, prosiguió…

-Claro que, estos desajus jus, los desajujus te tes en el pa ppara lo loos pa pa…!

Soltó un exabrupto y ví la pipa estallar en el suelo. La actitud calmada se esfumó.

-¡Esta bieeeeen! -continuó crispado- ¡engancharme al hablar!, ¡lo que me faltaba!
– ¿Y el aburrimiento?, ¿y el silencio? ¿eh? No es mi culpa!



Se disparaba.
Mientras, yo continuaba mi labor. Algo me decía, con nitidez, que tenía que escapar.

-¡Desánimo! ¡problemas!
-Desmoralizado, desmoralizado.

Se lamentó, seco.

-He llegado a odiar mi trabajo. No, ¡peor!, ¡peeeor! ¡ha conseguido que… !
– ¡Basta! ¡Al fin y al cabo, hice lo que debía!


(murmuraba) … ¡tóxicos!… campos de concentración… qué se creen… ¡fallido!… ¡el horror!
(se removía inquieto, fuera de sí)




Un chasquido y… luego, silencio. Dejó de hablar y de moverse… unos fuertes ronquidos reemplazaron sus quebrantos.



Como pude, logré zafarme y me incorporé. Al darme la vuelta y mirar hacia atrás, ahí estaba. Se había resbalado y, hundido en la butaca, roncaba. Mantenía los ojos bien abiertos y la mirada perdida…

Me pareció ver tirada por el suelo una mitra pontifical, con sus ínfulas. No tendría claro cual sería su dueño, pensé.

Y al arrancarme la cinta de la boca, me vinieron de golpe tantas preguntas, tantos silencios, tantas omisiones forzadas, durante tanto tiempo. Pero no. Lo mejor era dejarlo.
Le eché la manta por encima.
Al fin y al cabo, dijo que hizo lo que debía.
Y abrí la puerta de la casa y bajé a la calle. Salí. La noche estaba oscura.


Se empecinó en una larga e inexplicada carrera. Un día se le escapó la voz y me invitó a escribir.


Del Rigor en la Ciencia

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.
Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.


Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.

FIN



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