Sol Inmóvil

10.05.2021

El sol -inmóvil en lo alto- pegaba fuerte. Yo me había quedado adormilada, toda espatarrada sobre lo que ya dije, un trozo de madera que me servía de hamaca.

Boca arriba, en aquella tabla, se estaba de puta madre. Era una dulce sensación la que me llegaba hasta la pelada barriga, mientras el sudor –¡caramba el calor del desierto!– reblandecía las recalentadas ronchas de mi espinazo.

En aquella carretera solitaria no pasaban coches, el día era genial, y yo me sentía feliz y afortunada: ¡muy feliz!

Con todo, algo no cuadraba. 

Uno: se acercaba un coche rojo a toda velocidad dando tumbos.

Lo otro me parecía más extraño. Un enorme lagarto moteado me miraba fijo, con sus grandes ojos quietos, mientras el hijoputa me clavaba sus dientes y metía algo caliente en mi cuerpo inmóvil. Y si bien no era la apropiada –esa actitud tan violenta–, una irresistible sensación de bienestar -¿estaría siendo drogada?- me invadía…

……..

El Audi TT RS Roadster, descapotable rojo, avanza descontrolado por la 92. La luz del sol relumbra en sus llantas de aleación ligera de 19″ de 5 brazos de titanio. Pero su alerón trasero, RS con winglets, no parecía aportarle estabilidad: iba dando tumbos.

— Las manos quietas Armando, te dije que nada de nada hasta que le digás lo del divorcio a la flaca.

— Pibe, ¿qué hacé ese tablón ahí?

— Andáte con ojo, boludo…

— ¡Che! ¡cuidado con las manos!… y ¡con la madera!–- añadió tarde.

Pero a pesar del volantazo de Armando, el Audi pilló una esquina de la tabla, que saltó por los aires.

— ¡¡CHAFF!!––, con estruendo una masa viscosa se esparce por el parabrís. La sangre y los mocos impiden ver nada.

— ¡Por Dios! Armando qué hacés, ¡looco!… ¡cómo manejás! ¡menudo quilombo!– y se puso a vomitar sobre el salpicadero.

Restos del lagarto reventado, mezclados con los vómitos… desparramados por su Audi nuevo. Y flotando… un ácido olor a mierda… 

Incapaz de controlar sus esfínteres, Armando frenó, confuso. Con la mirada ausente, se puso a limpiar el volante mientras canturreaba canciones de su infancia…

– Armando estás loco, me las piro; llamo para que me vengan a recoger, ¡huevón!

……..

…y nuestra rata, cayó entre los matorrales… Una vez recuperada del golpe, se olisqueó: le faltaba un trozo de cola y tenía dos desgarros sanguinolentos en el muslo… 

Sonrió -todavía le duraba la extraña sensación de placer- y, cojeando, se perdió entre la maleza.