GOOD BYE LENIN – LA ENSEÑANZA DE LA POSTGUERRA

En este escrito recojo recuerdos de la etapa en el colegio de El Pilar -presentes aún los rigores de la reciente guerra civil- y de la Congregación Marianista. 

EL MUCHACHO BIEN EDUCADO S.M. 1950

Quiero transmitir el reconocimiento a la labor educativa y personal que realizaron.

Y también, señalar las contradicciones o paradojas que se daban como consecuencia de los profundos cambios que vinieron. Y por lo que, en ocasiones, sus actores -los protagonistas en los tres escenarios que describo y también el alumno imago-  fueron objeto de presiones o manipulados.

El muchacho bien educado. Editorial S.M.
Carabanchel Alto, Madrid.
1950

1.- El Pilar

El Colegio del Pilar de Valencia, durante el franquismo tenía fama de liberal.

La buena formación que recibíamos, la no exigencia de llevar uniforme, ni la obligatoriedad de misa o rosario diarios, y por supuesto no pegar, eran detalles a tener muy en cuenta.

Así pues la moral, cuando terminábamos el bachiller, estaba bastante alta. A fin y al cabo la mayoría de profesores habían pasado por Francia. Y eso tenía su estilo.

El tiempo contribuye a diluir ese recuerdo pretendidamente homogéneo.

Tras la guerra civil los institutos religiosos asumen la formación y la educación de las nuevas generaciones en condiciones de cuasi – monopolio. El nacional – catolicismo supone una identificación con los valores del nuevo régimen, implantándose un sistema educativo también acorde al ideario de dichas organizaciones.

El poder que de ello se derivó es muy grande, no tanto como LA SEXTA o ATRES MEDIA hoy en día, pero casi. Y bien que lo utilizaron.


Los institutos religiosos acaparaban el precario sistema de enseñanza que sobrevivió en la postguerra disponiendo de la mano de obra barata de sus clérigos.

Se reclutaba a hijos de familias humildes, principalmente en zonas agrícolas de Castilla y Vascongadas, a cambio de darles una formación básica, y más tarde el título de maestro.  

A finales de los años cincuenta se inicia una etapa de crecimiento económico. La emigración, inicialmente hacia Alemania, se generalizó a ciudades y zonas industriales.

La nueva clase media, consecuencia del desarrollo y de la movilidad social, incrementó la demanda de plazas de enseñanza.

Esta necesidad es contemplada por las instituciones religiosas. Se emprenden ambiciosos planes para la creación de nuevos centros en las zonas de expansión de las ciudades, se abren colegios en Sudamérica. Y se gestiona el negocio de los libros de texto con criterios modernos.

Pero como el tiempo iba en su contra lo van a tener difícil. Cambiaba la economía y cambiaba la sociedad. La fórmula de que algún hijo de cada familia campesina fuese para fraile pierde vigencia.

También el Concilio Vaticano II cuestiona la dependencia entre el poder civil y la Iglesia.

Debajo del discurso idealizado, vocativo, del compromiso del religioso con su congregación, afloró un criterio práctico: no nos resulta rentable formar a los aspirantes si no hay forma de asegurar su continuidad.

El trato hacia los religiosos se endureció. Se desconfiaba del personal de extracción social humilde -procedente de las zonas rurales del interior- y que tras un largo periodo formativo colgaban la sotana por ofertas de trabajo en las que se valoraba «experiencia en instituciones religiosas».

Las congregaciones formaban a sus integrantes (maestros, principalmente, en Maristas, Escolapios o La Salle; Titulados Superiores en El Pilar o Jesuitas) pero retenían en un cajón los títulos académicos. El concordato lo permitía.

Lo mismo ocurría con la convalidación de los estudios superiores de teología por pedagogía para los que se ordenaban sacerdotes y acreditaban docencia.

En Maristas y La Salle, más prácticos, se alcanzaban compromisos temporales con sus clérigos: unos años dando clases de primaria (que en la época no requería titulación) y mas tarde estudiar para maestrico, simultaneando con las clases. O cinco años impartiendo docencia y  te entregamos el título.


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