LOS MORISCOS

22.09.2018

La expulsión de los moriscos en 1609 fue un desastre de consecuencias no previstas.


Los moriscos (deriva de moro) fueron los musulmanes bautizados tras la pragmática de los Reyes Católicos del 14 de febrero de 1502. Junto con los convertidos con anterioridad, de forma voluntaria u obligatoria, pasaron a ser denominados moriscos.

Los moriscos estaban bien integrados en Castilla, en poblaciones de fuero real (realengos dependientes de la corona, con vínculos relajados). Mientras los cristianos cultivaban el cereal, ellos se dedicaban más a la artesanía y a los oficios (albañiles, carpinteros, zapateros, barberos, venta ambulante…).

En Aragón, Andalucía, Murcia y Valencia, cultivaban principalmente las tierras del interior o del secano mediterráneo, con una agricultura más diversificada (almendros, olivos, algarrobos, vid, frutales…).

Contando con la población vinculada, se alcanzará el máximo aprovechamiento; abancalando las laderas montañosas y cultivando las pequeñas cuñas de tierra, en zonas secas o de acceso difícil.

Y también eran irreemplazables en las huertas y cultivos de arroz o caña de azucar, de las zonas costeras.


Se trataba de una minoría versátil -sin llegar al medio millón- acostumbrada a todos los trabajos. Su adaptación al terreno iba acompañada de su despliegue por alquerías y aldeas, con sus asentamientos familiares.

En las zonas habitadas estaban más integrados (habla, costumbres, forma de vestir…) pero no así en las remotas.

Sobre el colectivo, existían prohibiciones (como la difícil de verificar de acercarse al mar; o de mantener la esclavitud del periodo musulmán), y con el tiempo llegarán a constituir comunidades prósperas, con destacadas fortunas personales.

En ocasiones se posicionaban en las luchas de poder entre señores territoriales.

Y algunos se bautizaron como «cristianos nuevos«, dando lugar a especulaciones populares sobre la práctica de ritos ocultos.

Como vemos, constituían un colectivo peculiar, con su tejido social característico, repartidos por toda la geografía, y que además de sus episodios de conflictividad, aportaban su laboriosidad y un contraste muy vivo respecto a la cultura mayoritaria.

Y esta laboriosidad y adaptabilidad se manifestaba hasta en la compra, por comunidades moriscas, de tierras libres para su explotación.


El conflicto. A raíz de las exigencias tributarias por parte de señores de conquista andaluces, y el rechazo y las protestas de la población morisca, se llegó a situaciones límite. Se producían revueltas campesinas, con interrupción de los caminos, bandolerismo e inseguridad. Y se temía que la fuerte inestabilidad fuera aprovechada por el rey francés o por los berberiscos para invadir España.

Al mismo tiempo, suponía un descrédito para la Monarquía que abanderaba la defensa del catolicismo en Occidente.

Todo ello dio lugar a que el Rey Felipe III ordenase la expulsión, aconsejado por el Duque de Lerma (con interés personal). Obviando las consecuencias negativas de la dispersión ordenada años antes (1570, 300.000) por Felipe II en Granada.

Sin contradecir la decisión política (se hicieron fuertes en terrenos inexpugnables, no acatando la autoridad real, o rechazando integrarse, etc…), las consecuencias de la expulsión no solo afectaron al interior de Aragón, Valencia o Andalucía. También a los regadíos de Valencia, Murcia o la Alpujarra. Para la ciudad de Valencia, fue la ruina.


La expulsión vino a completar el mapa de lo que actualmente llamamos España vacía o vaciada. A las extensiones del secano mesetario, en declive a partir del siglo XV, se agregarían las tierras interiores de los reinos de Aragón, Valencia, Murcia y Andalucía.

La nobleza valenciana cuando se percató intentó inutilmente paralizarla.

Se abandonarán los cultivos, en terrenos complicados a donde ningún cristiano quisiera ir, lo que contribuirá a la erosión y desertificación progresiva del territorio.
Y a los cultivos les seguirán fincas, dominios monásticos, palacios y comarcas enteras.

Supuso el descalabro económico y una importante pérdida de población para los reinos de Valencia (33%), Aragón (20%) y Murcia, así como para otros muchos señoríos de las tierras secas.

La expulsión, en cifras:
Valencia 117.464 (33% de la población total)
Aragón 60.818
Cataluña 3.716
Castilla y Extremadura 44.625
Murcia 13.552
Andalucía occidental 29.939
Granada 2.026
EXPULSADOS 270.140 – 300.000, de una población total morisca de 350.000


La operación salió mal. En los señores feudales, principalmente andaluces, subyacía la idea de rescatar las tierras para cederlas a nuevos colonos, a cambio de mayores tributos.

Al alterarse el equilibrio secular (territorio – población) las expectativas fracasaron. Se ocuparon las tierras más ricas, abandonando el resto, dando lugar a baldíos y tierras yermas.

Pero la organización territorial e institucional continuará igual. Los señores, empobrecidos, se replegarán a las cabeceras comarcales, conservando su poder representativo y social.

Los efectos en el tiempo de la expulsión tendrán mucho que ver con la decadencia española de los siglos XVIII y XIX. Y el vacío se hará perceptible en el mapa del interior peninsular.

De todas formas, y con todas las salvedades, la medida era ineludible; de ahí que fuera desviada en beneficio particular.

En los procesos de consolidación de los Estados nacionales, la represión aplicada sobre los moriscos es comparable a la llevada a cabo en Francia contra los cátaros (s. XIII), o los templarios (siglo XIV), los hugonotes… La existencia de fuerzas de carácter no territorial se consideraba una amenaza.


La población morisca que continuó quedó diezmada y desprovista de sus estatus como comunidad. Muchos de los expulsados retornaron, a Castilla, Valencia o Murcia. Los que sobrevivieron al expolio que padecieron al desembarcar en la berbería, se instalaron en el magreb o Turquía.

Antigua iglesia de los dominicos en Estambul, hoy mezquita de los árabes (Arap Camii), concedida a los andalusíes